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dijous, 28 juny de 2007
Salvador Cardús

La imagen se ha convertido en un desencadenante informativo que multiplica por cien el impacto de cualquier noticia.

La forma como son tratados asuntos tan graves como el de la grabación con cámara oculta de un registro a un detenido en las dependencias de la policía catalana en Les Corts y su posterior ventilación pública es el tipo de casos que permiten medir la inmadurez democrática de una sociedad como la catalana. Me apresuro a señalar, por si hubiera alguna confusión, que no me refiero a lo que nos han hecho creer que mostraban aquellas imágenes, de las que hablaré después, sino a la manera como hemos reaccionado políticos, profesionales, intelectuales y periodistas a través de los medios de comunicación. Sí: estamos realmente muy lejos de lo que debería ser propio de una cultura democrática sólida.

La peor señal de todas ha sido la conculcación de la presunción de inocencia de los Mossos implicados en las imágenes. Aquello que solemos exigir con tanta radicalidad cuando se trata de delincuentes comunes parece que no se aplica con el mismo rigor cuando se trata de la propia policía catalana. Habría que reflexionar sobre por qué ha sido tan fácil considerar culpables a unos policías antes no sólo de tener sentencia en juicio justo, sino incluso antes de cualquier imputación formal de delito. Nos diría mucho saber qué medios de comunicación se han ensañado con más entusiasmo en dar por sentado que los hechos estaban probados y cuáles han sido los perfiles ideológicos de los profesionales más "entregados".

Y, de manera especial, habría que estudiar por qué se dio por buena la versión oficial de los hechos, es decir, la denuncia por malos tratos puesta en manos de los jueces, sin buscar contraste alguno con expertos. De manera muy particular, sorprende que sean tan escasos los medios de comunicación que se hayan interesado en ofrecer la versión de los propios denunciados, sabiendo que éstos estaban dispuestos y lo siguen estando a dar todo tipo detalles sobre la grabación en discusión.

La existencia de imágenes del intento de cacheo y posterior reducción del detenido supone un dato determinante para comprender el desarrollo mediático de aquella, digamos, información. Hoy en día la imagen se ha convertido en un desencadenante informativo de primera magnitud que multiplica por cien el impacto de cualquier noticia. Sin imágenes, sólo con la denuncia ante el juez, la historia apenas habría durado veinticuatro horas. Pero las imágenes producen un doble efecto bien conocido: dan verosimilitud a cualquier interpretación que se haga de ellas y, simultáneamente, ahorran la necesidad de una contextualización que permita la justa comprensión de los hechos. La expresión exacta ante las escuetas imágenes es aquel espontáneo "ya está todo visto, no me cuentes más". Y el comentario añadido a continuación: "A un imbécil le pones un uniforme y se cree que es Dios". Y sí, sin conocer a nada ni a nadie, el prejuicio biempensante funcionó bien.

Este caso, ciertamente, debería pasar a engrosar los temarios académicos. Pero no los de la Escola de Policia, como dijo su director, quizás abrumado por las presiones externas, sino de las facultades de Periodismo. Se trata de un caso ejemplar que muestra lo fácil que es la manipulación de la realidad y el papel nefasto de las hegemonías ideológicas en la construcción de supuestos no probados. Y sirve para denunciar la actitud dócil ante el poder de tantos medios de comunicación. Efectivamente, las imágenes vistas hasta la saciedad inducen a engaño por las razones que brevemente voy a exponer. En primer lugar, son imágenes aceleradas - se graban así para ahorrar memoria-, de manera que sugieren una rapidez de movimientos y dureza que no son reales. En segundo lugar, la falta de sonido no permite conocer el sentido exacto de lo que allí ocurre, del estado de ánimo del detenido y de si los Mossos intentaban calmarlo. Tercero, faltan los antecedentes de la detención, que podrían dar información sobre el tipo de personaje y de su estado de excitación y peligrosidad. En cuarto lugar, vemos las imágenes sin conocer los protocolos establecidos para el registro de detenidos, ni el sentido del uso de guantes para evitar cortes o de la utilización del casco para prevenir autolesiones. Por no conocer, las imágenes solas no informan sobre las técnicas permitidas para la reducción de individuos agresivos. En realidad, espectadores en nuestro cómodo asiento doméstico, observamos la escena según se nos sugería, a la caza de malos tratos, como si de una encerrona contra un indefenso se tratara. Pero no: resulta que eran imágenes de una situación límite, protagonizada por policías entrenados para protegernos y para protegerse de individuos como el detenido.

El interés mediático del caso pasó, automáticamente, de la manipulación sentimental en busca de audiencia, y que justificaba la exhibición morbosa de unos supuestos malos tratos con el pretexto de la denuncia de "torturas", a la especulación política sobre el interés que podían tener los responsables de Interior en dar a conocer tales imágenes pocos días antes de unas elecciones. Cualquier cosa, menos proceder a un análisis detallado y documentado de los hechos. Cualquier cosa, menos ser escrupulosos con la presunción de inocencia. Cualquier cosa, menos interesarse por las verdaderas víctimas del caso, unos policías apartados del ejercicio de sus funciones y con un futuro profesional a merced de una opinión pública incoherente, ora preocupada por la seguridad ciudadana, ora recelosa de los guardianes del orden público.

Tenía razón José Montilla cuando en el reciente despacho de diplomas a la 20. ª promoción de Mossos afirmó que "no es bueno utilizar la seguridad y la policía en un debate partidista" y que "la estrategia de fondo no debe ser utilizada de forma irresponsable en perjuicio de nuestra convivencia". Lo único que no comprendo es cómo después de tales palabras no anunció destituciones en la Conselleria d´Interior.

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