Los hemos mimado mediáticamente y hemos criminalizado a la policía, ¿de qué nos sorprendemos? PDF  | Imprimir |  E-mail
dijous, 16 juny de 2011
Pilar Rahola

Quien se otorga la razón de la fuerza y, desde el dominio del asfalto, insulta, escupe y violenta a los otros no es un demócrata. Si, además, esta violencia la ejerce contra los diputados del Parlament, entonces se retrata todavía más. Puede decorar sus insultos con lemas maravillosos, pero su cultura política arraiga en las actitudes clásicas del totalitarismo. Y como a lo largo de la historia la izquierda se ha nutrido de estas actitudes tanto como lo ha hecho la derecha, es indiferente que la intolerancia se practique desde uno u otro lado de la frontera ideológica. Despreciar a los diputados votados por más de tres millones de personas es un ejemplo de esta alma oscura que, bajo los eslóganes más vistosos, incuba el huevo de la serpiente. Es cierto que muchos de los indignados son gente cabal con propuestas, pero tantas como propuestas tienen otras personas que no ocupan plazas, ni desprecian la democracia. No por gritar se tiene más razón. Todo lo contrario, muchos de ellos han escogido el camino fácil, el del grito y la pancarta, en lugar de elaborar más seriamente su militancia cívica.

¿Tienen más razón los que insultan a los diputados, que los que militan en un partido político? ¿La manera de mejorar la democracia es violentando sus instituciones? ¿Y, sobre todo, son presentables todos los que se sublevan? Es evidente que no y que el movimiento cada día resulta más secuestrado por los antisistema clásicos, lo cual no es extraño, porque quien cree que es lícito romper el juego democrático acaba dominado por la ley de la jungla. Y la jungla es la que hoy ha boicoteado la actividad del Parlament.

Como además hemos proyectado un paternalismo acrítico hacia el movimiento, los hemos presentado como simpáticos hijos de Quico el Progre, los hemos mimado mediáticamente y hemos criminalizado a la policía hasta el delirio, entonces, ¿de qué nos sorprendemos? Durante todo este tiempo hemos confundido el Twitter con un programa electoral, hemos considerado que convertir una plaza pública en un camping era muy guay y hemos otorgado la razón política a la fuerza de una ocupación. Es decir, hemos cedido el debate a aquellos que hacían más ruido. Y por el camino de deslumbrarnos con un mayo del 68 casero, y revivir la nostalgia adolescente, hemos olvidado que la democracia no se impone en la calle, sino que se gana en las urnas.

Cuando las urnas son despreciadas y los representantes son violentados, entonces la ley de la calle se impone. ¿Para mejorar la democracia? No, para destruirla.

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