La crisis de la permisividad PDF  | Imprimir |  E-mail
dimarts, 30 agost de 2005
El Periódico │ VICENÇ Villatoro

Escritor y periodista

Cuando al final del franquismo Quico Pi de la Serra cantaba La policia està al servei dels ciutadans, todos sabíamos que sólo podía hacerse de ello una lectura irónica. La policía, en un Estado antidemocrático, no estaba al servicio de los ciudadanos. Estaba al servicio del régimen, para hacer que se aplicaran las leyes del régimen. Y la razón y la legitimidad democrática no estaban detrás de la policía, sino que con frecuencia estaban literalmente delante. Para ser exactos, corriendo delante suyo. Pero hoy, en un sistema democrático, la frase que cantaba Quico Pi de la Serra hay que tomársela en serio, como un compromiso. La policía tiene que estar al servicio de los ciudadanos. La sociedad tiene que utilizar a la policía para garantizar el cumplimiento de las leyes, la seguridad y la libertad y el respeto del espacio público.

Existe una parte de nuestra sociedad, de nuestros medios de comunicación e incluso de nuestras autoridades políticas que no ha acabado de salir de la atmósfera del año 1974 y de la retórica del año 1968. Sectores para los que, cuando un policía corre detrás de alguien, lo más probable es que quien tenga razón sea el que corre delante de la policía.

No siempre, claro. Ante la delincuencia común, la sociedad de forma unánime pide más policía. Ante las crecientes y preocupantes muestras de violencia de grupos fascistas o de estética fascistoide, todos pedimos --y con toda la razón-- más policía y más contundente. Pero cuando a quien corre delante de la policía le atribuimos románticos espíritus de revuelta, vocaciones de alternativa al sistema, alguna consideración estética o ideológica que les vincule con los viejos eslóganes del 68, entonces una parte de la sociedad se acompleja y cree que en este caso la policía no tiene que hacer cumplir la ley ni realizar su trabajo. Al grito de "la represión no es la solución", en este caso --y sólo en este caso--, parte de la sociedad considera que hay que ser tolerante, que hay que encontrar vías de pacto, que hay que hacer la vista gorda y que es mejor que la policía no sea demasiado visible, por si acaso su presencia fuese considerada una provocación.

EN EFECTO, yo creo que no hay que perseguir ni reprimir a nadie por su estética, por su indumentaria, por su aspecto. Ni por sus ideas. Pero a nadie se le debe eximir de cumplir la ley, en función de su aspecto, su indumentaria o sus ideas. Algunas indumentarias y algunas estéticas me repugnan. Otras me son simpáticas. Pero tanto los que se adscriben a unas como a otras tienen que cumplir la ley. Y la policía tiene que velar, con todos los métodos que sean precisos, para que la cumplan. Fascistas, okupas, antisistema, skins, inmigrantes, sardanistas, futbolistas y colombófilos. Todos. Podemos hacer leyes más o menos permisivas, más o menos liberales, más o menos abiertas. Para ello están los parlamentos y los ayuntamientos y las autoridades democráticas. Lo que no podemos hacer son leyes que no se cumplan. Si elaboramos leyes es para que se cumplan. Y si tenemos policías es para hacer que se cumplan. Podemos cambiar las leyes. No podemos actuar como si no existieran.

En Catalunya en general, y en Barcelona en particular, ha sido hegemónica durante bastante tiempo una filosofía de la permisividad. No es de ahora. Personalmente, lo escribí en estas mismas páginas. Cuando ocurrieron los lamentables sucesos de Berga, se dijo que no había mossos en el lugar de los hechos porque los grupos alternativos lo habrían considerado una provocación. En algunas celebraciones deportivas que han acabado con destrozos en el mobiliario urbano de la ciudad se ha dicho que no había policía municipal porque es mejor que la policía no sea vista en esas ocasiones. En algunas de las ocupaciones más claramente negativas de la vía pública que existen en estos momentos en Barcelona, es obvio que no se han aplicado --por lo menos hasta ahora-- todos los recursos disuasorios que la ley permite.

Me parece aberrante. Y tengo la sensación de que este paisaje --no vayamos a provocar, hagamos la vista gorda que ya se arreglará y en el fondo son buenos chicos-- es lo que ha marcado alguno de los episodios de este verano barcelonés, empezando en Gràcia y acabando en Sants. Es la crisis de un modelo o de un no-modelo ideológico. La crisis de la glorificación intelectual de la revuelta y de la mala premsa de la ley y el orden democráticos. La crisis del mirar hacia otro lado.
Es obvio que pedir que la policía haga su trabajo, evitar el acomplejamiento, luchar para que la ley se cumpla y no sea sustituida por la vista gorda y el pacto de tolerancia, no puede interpretarse como una carta blanca a la policía. Al contrario, para que esto sea así hay que ser especialmente cuidadosos en que la policía lleve a cabo bien su trabajo, sin abusos ni ilegalidades. Para entendernos, para pedir que no tengamos complejos a la hora de recurrir a la policía --con toda la contundencia que sea preciso--, para hacer cumplir las leyes democráticas, hay que pedir al mismo tiempo que se investiguen a fondo los hechos de Roquetas o la muerte del joven brasileño de Londres. Por ello hay que investigar también a fondo lo que ha sucedido en Sants, en los incidentes de este pasado fin de semana: si existe una actuación policial equivocada, una actuación policial abusiva o unos comportamientos incívicos por parte de unos jóvenes determinados.

CONFIANZA en la policía para que realice su trabajo y voluntad a la hora de hacer cumplir de verdad las leyes. Controles para que no se extralimite en este trabajo. Una cosa va con la otra. Son las dos caras de la misma moneda. La moneda que debe permitir que, aquello que, cuando lo cantaba Pi de la Serra durante el franquismo era un sarcasmo intencionado, pueda ser hoy una verdad y un compromiso: la policía está al servicio de los ciudadanos
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